BUENOS AIRES – “Lo que más valoré fue lo que nos dieron a entender con todo lo que pudimos aprender en el taller. Por ejemplo, cómo hay que protegerse a uno mismo en versión verbal o física”, cuenta Brianny, adolescente venezolana de 14 años que participó en los talleres y asistió al cierre junto a su abuela. Su reflexión resume el espíritu de una iniciativa que, durante tres meses, trabajó para fortalecer la prevención de las violencias contra las mujeres refugiadas y desplazadas, promover el bienestar psicoemocional y consolidar redes comunitarias de protección.
Durante tres meses, 150 personas – entre familias, adolescentes, personas mayores y representantes de organizaciones comunitarias – se sumaron a una propuesta que combinó talleres psicoeducativos, dinámicas recreativas y capacitaciones orientadas a la escucha activa y la prevención de violencias, con el objetivo de crear redes de apoyo y promover entornos seguros.
El evento de cierre, realizado el 6 de diciembre en el marco de los 16 días de activismo contra la violencia hacia las mujeres, fue una celebración de aprendizajes. Durante la jornada se realizó una lectura de poesía a cargo de Ricardo González, una clase participativa de tambor y un bingo musical que convocó risas y complicidades entre personas de todas las edades. Además, se exhibieron materiales creados colectivamente en los talleres y se compartieron testimonios que reflejan el impacto del proyecto.
Para María Gabriela Ortiz, psicóloga y coordinadora de proyectos en Psicoven, el mayor logro fue “haber generado espacios donde las personas pudieron poner en palabras dolores, dudas y experiencias difíciles sin sentirse juzgadas ni expuestas, reconociendo que muchas de sus vivencias eran compartidas por otras personas de la comunidad”. Ortiz destacó que esta experiencia permitió validar emociones, comprender mejor qué situaciones constituyen violencia y evitar dinámicas de revictimización: “En talleres y capacitaciones, observamos cómo participantes y organizaciones dejaron de intentar ‘resolver’ o decir qué hacer y comenzaron a entrenar la escucha empática, más orientada a contener que a imponer soluciones. Ese cambio de enfoque fue uno de los resultados más significativos”.
El proyecto también fortaleció a Psicoven como organización: “Nos permitió trabajar con un modelo más circular, cooperativo y ágil. Más personas del equipo se involucraron en todas las etapas: planificación, diseño, facilitación, implementación, logística y sistematización. Eso fortaleció nuestra comunicación interna y la capacidad de tomar decisiones autónomas”. Ortiz subrayó un aprendizaje clave: “Reconocer que las actividades lúdicas y recreativas también son espacios de reflexión profunda. En el cierre, por ejemplo, analizamos canciones que nos acompañaron en distintas etapas de la vida y descubrimos cómo sus mensajes pueden abrir conversaciones sobre temas sensibles”.
La jornada de cierre reunió a quienes participaron en los distintos grupos: familias con niñas, niños y adolescentes; personas mayores; mujeres deportistas; y líderes comunitarios. Este enfoque intergeneracional fue fundamental para construir redes de apoyo y generar confianza. Brianny lo resume con una invitación: “Que se animen más porque si no lo intentas no vas a poder expresarte mejor y, ya que sí lo haces, vas a poder ser más libre”.
Oswaldo Pimentel, vicepresidente de la Asociación de Enfermeros Venezolanos en Argentina (Asoenvear) y participante en la jornada de fortalecimiento a referentes comunitarios, resaltó el valor de encontrarse en espacios seguros: “Todos dejamos madre, padre, hermano, casa, trabajo soñado, pero creemos que estamos solos. En cambio, cuando llegamos a este tipo de espacios podemos encontrarnos y decir: mira, vivió lo mismo que yo. No exactamente igual, porque hay que ir a una vida diferente, pero sí me puedo apoyar en el otro”. Y agregó: “Este tipo de espacios nos queda como punto de referencia. Muchas veces estamos pendientes de si sufrimos de diabetes o si nos duelen las rodillas, pero por lo general nunca atendemos cómo estamos con nuestra parte psicológica”.
La voz de Urimare Villegas, quien lleva tres meses en Argentina y participó de los talleres, también reflejó la importancia de la iniciativa: “Se nos permite llorar, y llorar está bien y que nadie te va a decir ‘No, no llores’. Y eso me encantó. Que estos espacios se sigan multiplicando”.
Ortiz señaló que uno de los indicadores más claros del impacto comunitario fue la permanencia de las personas después de cada taller: “No se iban con facilidad al cerrar el taller; se quedaban conversando, conectando, creando redes. Incluso fuera de las instalaciones, vimos grupos reunidos”. En los talleres de familias, los niños y adolescentes sorprendieron por su claridad para identificar situaciones de violencia y maltrato en contextos escolares: “A veces creemos que ‘todavía no lo entienden’, pero sí lo entienden; escuchan, aprenden y necesitan espacios seguros para hablarlo”.
El proyecto Cuidarnos en Comunidad demostró que la prevención y el cuidado psicoemocional pueden integrarse en prácticas cotidianas: conversar, escuchar, identificar señales, saber a quién acudir y cómo acompañar sin revictimizar. Como señaló Brianny, la invitación es a animarse y participar, hablar, pedir ayuda y acompañar.

