En las montañas de Bamyan, en Ahangar, un pueblo situado en el centro de Afganistán, Bibi Gul, una mujer de más de 70 años, pasó inviernos enteros buscando la manera de mantener a sus hijos seguros y abrigados. Su familia vivía en una cueva sin puerta, donde el aire helado entraba como un recordatorio constante de que el frío, en Afganistán, puede ser un peligro mortal. Para dormir, Bibi juntaba mantas prestadas por los vecinos; para cocinar, encendía una estufa vieja cuyo humo llenaba el espacio hasta dejarlos sin aire. A veces tenían algo para comer; otras veces, nada. Y, aun así, debían enfrentar nevadas que aislaban la zona durante semanas.
La vida de Bibi estuvo marcada por el desplazamiento forzado. Huyó junto a su familia en reiteradas ocasiones a causa de la guerra. Cada vez que regresaban, todo había sido robado, quemado o tomado por la fuerza. Tras perder nuevamente su hogar a manos de hombres armados, no les quedó otra opción más que refugiarse en una cueva. Ese fue su único refugio durante años: un lugar donde la nieve entraba por la cortina que hacía de puerta, los perros callejeros se acercaban por las noches y sus hijos se enfermaban constantemente por el frío extremo.
Y su historia cambió gracias a la ayuda de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, que construyó para Bibi y su familia un refugio. “Pensé que nunca tendría un hogar otra vez”, cuenta Bibi, y agrega: “Les agradezco muchísimo porque nos trajeron comodidad y alivio. No teníamos casa y nos construyeron una. No teníamos nada y nos dieron todo. Les agradezco sinceramente”.
Junto con su nueva casa, ACNUR les dio una estufa, mantas, utensilios de cocina y un panel solar. Pequeños objetos, pero de enorme impacto: calor en invierno, dignidad para volver a empezar y un espacio donde sus hijos pueden dormir en paz. “Yo estaba sin hogar: sin casa, sin vida, sin futuro”, expresa Bibi. Además, comenta sobre su nueva vivienda: “Cuando llegué, sentí la alegría de haber vuelto a un hogar y estar sentada otra vez dentro de una casa. Que Dios los bendiga por venir y construir un hogar para nosotros”.
El invierno en Afganistán: una lucha por sobrevivir
La historia de Bibi no es excepcional. Es la realidad de miles de familias afganas que hoy enfrentan una combinación devastadora: desplazamiento forzado, pobreza extrema, servicios colapsados y un invierno que este año se anuncia particularmente cruel.
Afganistán atraviesa una de las crisis humanitarias más prolongadas del mundo: más de cuatro décadas de conflicto, restricciones crecientes que afectan especialmente a mujeres y niñas, y un deterioro económico profundo. A esto se suma un fenómeno alarmante: más de 2,3 millones de personas han regresado al país, muchas de ellas forzadas a pesar de la situación inestable, desde Irán y Pakistán, según los datos recolectados hasta octubre de 2025. En su mayoría son mujeres, niñas y niños expulsados sin recursos, sin pertenencias y sin un lugar adónde ir.
Las zonas a las que regresan, como Bamyan o la provincia de Ghor, son, además, algunas de las más frías del país. En invierno, las temperaturas pueden descender hasta –25 °C, dejando a familias enteras aisladas, sin calefacción y sin posibilidad de acceder a alimentos, medicinas o combustible.
Muchas se alojan en casas dañadas, edificios sin terminar, refugios improvisados o cuevas donde el frío y el agua de la lluvia se cuelan por cada rendija. Ante la falta de leña o carbón, no les queda otra opción que quemar plástico o basura, exponiendo a niñas y niños a enfermedades respiratorias severas.
“Quedarse y cumplir” ese es uno de los valores fundacionales de ACNUR, que desde hace 75 años trabaja para brindar protección internacional y asistencia a las personas forzadas a huir. Hoy, casi el 90% de su personal se encuentra en terreno, incluso en zonas rurales de difícil acceso, lo que permite una respuesta rápida y sostenida ante emergencias y retornos forzados. En este contexto, ACNUR trabaja con socios locales para brindar protección, albergues, alimentos, salud, asistencia legal, apoyo psicosocial y espacios seguros para mujeres y niñas.
Este invierno, el apoyo se concentra en zonas prioritarias donde la cantidad de familias retornadas supera la capacidad de las comunidades locales para recibirlas. La asistencia de ACNUR le permite a las familias acceder a un hogar, comida, medicamentos o combustible para calefacción durante los meses del crudo invierno. Gracias a estas acciones, mujeres como Bibi Gul pueden dar a sus hijos y nietos un techo seguro, una estufa encendida, una comida caliente y la posibilidad de reconstruir sus vidas.
El invierno en Afganistán no es solo una estación: es una amenaza. Las necesidades son enormes y la ayuda urgente. Un pequeño aporte puede marcar la diferencia entre un invierno devastador y una oportunidad para empezar de nuevo.

