Mar 16

Escuelas en el Líbano se convierten en refugios improvisados para las familias desplazadas mientras las necesidades siguen aumentando

A medida que cientos de miles de personas en el Líbano huyen de los continuos ataques y alertas de evacuación israelíes, los refugios colectivos están saturados y las reservas humanitarias se agotan.

En todo el Líbano, el desplazamiento ha aumentado como consecuencia de la intensificación de los bombardeos y las órdenes de evacuación en zonas densamente pobladas de los suburbios del sur de Beirut, del sur del Líbano y de partes del valle de la Bekaa. Según cifras del Gobierno, más de 822.000 personas se han registrado como desplazadas hasta el 12 de marzo, aunque es probable que la cifra real sea mayor, ya que muchas familias se alojan con parientes, en viviendas particulares o siguen desplazándose.

La escuela es uno de los más de 600 refugios colectivos designados por el Gobierno en todo el país que actualmente acogen a más de 128.000 personas desplazadas. La gente llegó aquí con poco más que las pocas pertenencias que pudieron coger en la prisa por ponerse a salvo. Muchos huyeron con sus mascotas; otros se llevaron los juguetes de los niños o sus libros y útiles escolares.

Entre ellos se encuentra Fadi Merhi, de 58 años, que había pasado la mayor parte de su vida en Alemania antes de regresar al Líbano, hace unos meses. Poco después de su regreso, perdió una pierna tras resultar gravemente herido en un ataque con drones contra un vehículo en una calle de Tebnine, al sur del país. Cuando los ataques se intensificaron, el 2 de marzo, huyó al recinto escolar de Bir Hassan, donde ahora se encuentran más de 2.500 personas desplazadas.

A pesar de todo ello, Fadi pasa los días tratando de mantener el ánimo entre los demás huéspedes de la escuela.

“Mucha gente aquí se siente abrumada”, dijo. “Si puedo hacer sonreír a alguien, aunque sea por un momento, eso nos ayuda a todos. Vendí todo lo que tenía en Alemania, cobré mi pensión y volví al Líbano para pasar mi jubilación con mi familia y mis amigos aquí, solo para verme atrapado en esta locura”.
Sentada a un pupitre en otro salón de clases, Abir rellena y enrolla con cuidado hojas de parra para dar de comer a su familia. Esta abuela de 52 años huyó de los suburbios del sur de Beirut hace una semana con varios miembros de su familia ampliada.

“Me fui sin nada”, dijo. “Mi hijo ha conseguido ir hoy a nuestro piso de Dahyeh [en los suburbios del sur de Beirut] para traer lo que nos quedaba en la nevera. Cocinar para mi familia aquí me ayuda a sentir, aunque sea por un momento, que sigo en casa”. Algunas de las personas desplazadas están ayunando, ya que observan el mes sagrado del Ramadán, mientras que otras han tenido que renunciar al ayuno debido al caos actual.

En todo el país, casi el 90 % de los centros de acogida ya están a plena capacidad. Muchas familias desplazadas siguen alojadas con familiares o duermen en sus carros y en espacios públicos porque aún no han encontrado un alojamiento seguro.

En otro centro de acogida, ubicado en el Instituto Rafic Hariri, en el barrio de Zokak el-Blat de Beirut, hay familias que duermen unas junto a otras en aulas hacinadas o en tiendas de campaña instaladas en el patio. Alrededor de 1.600 personas desplazadas se encuentran actualmente en la escuela.

Activada por un temporizador, la campana de la escuela sigue sonando a intervalos regulares durante toda la tarde para marcar el final de unas clases a las que, por el momento, ningún alumno puede asistir. Para las familias que se refugian aquí, este sonido es un crudo recordatorio de cada hora pasada lejos de sus hogares.

Yahya Assaf, de 59 años, que huyó de un ataque aéreo cerca de su barrio, comparte ahora una pequeña tienda de campaña con su esposa, sus hijos y sus tres nietos.

“Cuando oyen explosiones, les digo que son los fuegos artificiales de una boda”, dijo refiriéndose a sus nietos. “Intento protegerlos del miedo y la crueldad que estamos viviendo”.

ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, está apoyando la respuesta liderada por el Gobierno junto con las autoridades nacionales y sus socios humanitarios. Desde que comenzó la oleada de ataques, ACNUR ha prestado asistencia a más de 66.000 personas desplazadas en más de 300 refugios colectivos, entregando unos 178.000 artículos de ayuda de emergencia, entre ellos colchones, mantas, lámparas solares y bidones.
Sin embargo, a medida que pasan los días y aumentan los desplazados, no se da abasto para cubrir las necesidades. Con los refugios casi llenos y las reservas de ayuda agotándose rápidamente, la capacidad de los actores humanitarios para apoyar la respuesta liderada por el Gobierno se ve amenazada. En la actualidad, la operación de ACNUR en el Líbano solo cuenta con un 14 % de la financiación necesaria.

Además de salvaguardar las vidas de la población civil y garantizar el acceso humanitario y la asistencia a todos los que la necesitan, se requiere urgentemente más apoyo internacional para que las familias forzadas a huir reciban la protección y la asistencia que desesperadamente necesitan.

En Trípoli, la segunda ciudad más grande del Líbano, situada en el norte del país, a más de 155 kilómetros del sur, otro refugio colectivo acoge a familias que han huido, entre ellas, refugiados sirios desplazados por bombardeos anteriores, en 2024. Saddam Smadi, su esposa Hajar y sus tres hijos hacen parte de este grupo. Ellos vivían en Kfar Sir, en el distrito de Nabatiyeh, en el sur del país, antes de que la reciente escalada de los ataques les obligara a huir una vez más.

Han regresado a la misma escuela de Trípoli donde buscaron refugio en 2024. “Volvimos porque aquí nos sentíamos seguros”, explicó Saddam. El viaje hacia el norte les llevó unos dos días, cuando normalmente es un trayecto de dos horas. La familia se separó por el camino, apiñada en diferentes vehículos porque no había espacio suficiente para todos. Uno de sus hijos adolescentes, Mohammad, se quedó atrás durante horas en la calle intentando volver a reunirse con ellos, sin teléfono ni forma de cargarlo. Finalmente, la familia logró reunirse en el refugio.

Mohammad, de 17 años, que trabaja como instalador de equipos de iluminación solar, dice que la vida nunca ha sido fácil, pero que lo más difícil ahora es la incertidumbre. “Lo único que deseo ahora es que mi familia esté a salvo”.