Una joven familia pasea a orillas del Mediterráneo, bajo el cielo imprevisible del otoño. Las niñas ríen, juegan, corretean alrededor de sus padres, que caminan sonrientes sin soltarse las manos. Sus rostros relajados, su andar confiado y la complicidad con la que se hablan y se miran transmiten una plácida alegría. Se nota que, en este lugar y en este momento, son felices.
La familia la componen Raed y Noura, refugiados sirios, y sus hijas Lynn, de 10 años y Lea, de 4. Después de un largo exilio en Beirut, Líbano, empiezan a sentirse en casa en Calella, un pueblo a una hora de Barcelona, al que llegaron gracias al programa de reasentamiento de España, en colaboración con ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados.
“Nuestra vida ahora es muy tranquila. Me siento integrado, no extranjero”, dice Raed, de 36 años, con sonrisa franca y mirada risueña. Su mujer, Noura, con sus grandes ojos oscuros llenos de brillo, añade: “La gente aquí es muy buena. Si me equivoco hablando español, me ayudan. Es un pueblo seguro, bonito y tranquilo. No quiero irme nunca”.
La familia llegó a Cataluña a principios de junio de 2025 gracias al reasentamiento, una vía legal y segura por la que España recibe a personas refugiadas para quienes su primer país de acogida no puede garantizar protección efectiva. Esto incluye perfiles en situación de especial vulnerabilidad: desde familias con niños pequeños hasta supervivientes de violencia o personas con necesidades específicas. Tras ser identificadas por ACNUR y seleccionadas por el gobierno español, viajan a España, donde el Ministerio de Inclusión y las ONG de asilo les dan apoyo durante el proceso de acogida e integración.
A través de este mecanismo, España acogió a más de 800 personas refugiadas en 2025, la mayoría de origen sirio y nicaragüense procedentes del Líbano y Costa Rica. Entre ellas, Raed, Noura, Lea y Lynn, que cumplió 10 años el mismo día en que aterrizó en España. El mejor regalo para ella y para toda la familia.
Sin otra opción que huir
Raed nació en Alepo, una ciudad que en su memoria es “magnífica, antigua, llena de cultura”. Como la de Noura, su infancia fue feliz, arropado por una gran familia y amigos. Siendo muy joven, aprendió un oficio que se convertiría en su pasión, y que le traería algo mucho más importante. Fue trabajando en un salón de peluquería donde vio a Noura por primera vez. Fue un flechazo: desde entonces, no volvieron a separarse.
Sin embargo, todo cambió en 2011, cuando estallaron las protestas y, más tarde, el conflicto armado. “Llevábamos diez días casados cuando bombardearon nuestro barrio”, recuerda Raed. La pareja pasó un mes desplazada dentro de la misma ciudad, durmiendo en casas de conocidos, hasta que entendieron que ya no quedaba un lugar seguro. “Huimos en pijama. Cuando volvimos un mes después, la casa estaba destruida”.
“Un día vi cómo una bomba cayó sobre un grupo de personas. Es algo que nunca olvidaré”, recuerda Noura, todavía impactada. Las experiencias traumáticas y el peligro constante los obligaron a huir de Siria.
Catorce años de exilio en el Líbano
La pareja cruzó la frontera hacia el Líbano en 2012. “Al principio nos recibieron con cariño”, explica Raed, quien retomó su profesión de estilista. Pero con el tiempo, el país, pequeño y tensionado por la llegada masiva de personas refugiadas, impuso restricciones y limitaciones laborales. También crecieron los episodios de discriminación y hostilidad.
Allí nacieron sus dos hijas: Lynn, en 2015, y Lea, seis años después. Sin embargo, la felicidad se veía amenazada por las crecientes dificultades. “Fue bonito y difícil a la vez. Estaba sola, sin mi familia cerca. Era feliz de tener dos hijas, pero no quería que vivieran lo que nosotros vivimos: guerra y discriminación”, recuerda Noura, a quien todavía le duele no haber podido despedirse de su padre, fallecido durante estos años de exilio.
A medida que la vida en el Líbano se complicaba y ante la imposibilidad de regresar a Siria, donde sus vidas corrían peligro, Raed y Noura empezaron a pensar que encontrarían un mejor futuro para sus hijas en otro lugar. Cuando ACNUR les planteó la posibilidad de ser reasentados en otro país, sintieron que su sueño se cumplía.
La oportunidad que lo cambió todo
Nunca olvidarán el día en que llegó esa llamada: su familia había sido seleccionada para el reasentamiento en España. “Fue la mejor noticia de nuestras vidas”, recuerda Raed, emocionado.
El proceso, retrasado por el conflicto en el Líbano, duró más de un año, marcado por entrevistas, trámites y preparativos. Noura, que ya tenía dos hermanos viviendo en Cataluña, rezaba cada día para que el traslado se hiciera realidad. “Para mí, que conocí a tanta gente que arriesgó su vida en el mar, era un sueño venir a España de forma legal y segura”.
Una nueva vida en Cataluña
La familia fue acogida en Calella, un pueblo costero a unos 50 kilómetros de Barcelona, donde la ONG MPDL les acompaña en su proceso de integración: clases de idiomas, orientación legal, apoyo psicológico y acompañamiento en trámites y en el día a día, con el fin de alcanzar la autonomía cuanto antes. Las niñas ya asisten al colegio, donde aprenden español y catalán, y donde sueñan con hacerse doctora y piloto de aviones. “Mis hijas tienen un futuro muy fuerte aquí, y las apoyaré en todo lo que sueñen”, afirma Noura.
El bienestar y el futuro de sus hijas es el principal motivo por el que la familia vino a España. También quieren emprender su propio negocio: un salón de belleza. “Quiero crecer y expandirme”, dice Raed, que forma un tándem perfecto con Noura, maquilladora profesional.
Aunque para ambos la herida de Siria continúa doliendo y desean que su país alcance por fin una paz duradera, saben que su hogar está ahora donde sus hijas pueden crecer sin miedo y con oportunidades. Una seguridad que, para Raed, es “un tesoro”. Un tesoro que desea para todo el mundo: “He visto la guerra, el hambre y la muerte. No deseo nada de eso para nadie. Mi sueño es que todos los oprimidos encuentren libertad y seguridad”.

