Para Iryna, la guerra comenzó hace 11 años, en 2014, cuando tuvo que huir de su hogar en la ciudad de Donetsk y trasladarse a otra parte de la región de Donetsk que permanecía bajo control de Ucrania. En febrero de 2022, la invasión a gran escala de Rusia la forzó a huir nuevamente para salvar su vida, esta vez estableciéndose en la ciudad de Dnipro, que se ha convertido en un centro humanitario para miles de personas desplazadas de las zonas de primera línea.
Para Iryna, la guerra comenzó hace 11 años, en 2014, cuando tuvo que huir de su hogar en la ciudad de Donetsk y trasladarse a otra parte de la región de Donetsk que permanecía bajo control de Ucrania. En febrero de 2022, la invasión a gran escala de Rusia la forzó a huir nuevamente para salvar su vida, esta vez estableciéndose en la ciudad de Dnipro, que se ha convertido en un centro humanitario para miles de personas desplazadas de las zonas de primera línea.
En lugar de desesperarse, Iryna, quien es psicóloga, decidió actuar. Se unió a la ONG Proliska, socia de ACNUR, donde ahora apoya a personas que llevan las cicatrices invisibles de la guerra, que deja profundas heridas en su salud mental.
“Al haber sido desplazada dos veces, sé exactamente lo que se siente al perder algo cuando te vas. Solo podemos ayudarnos a nosotros mismos y recuperarnos cuando ayudamos a los demás. Te vuelves igual y hablas con los demás como iguales. Los entiendo y ellos me entienden a mí, eso ayuda a que las personas se abran”, explica Iryna.
Su trabajo a menudo requiere visitar comunidades cercanas a la primera línea o reunirse con personas en estado de shock agudo inmediatamente después de los ataques aéreos, que se han intensificado significativamente en Ucrania en los últimos meses. Como parte del equipo móvil de Proliska, y junto con otros especialistas que brindan asistencia en los lugares de los ataques, Iryna ayuda a las personas a encontrar la fuerza y el sentido para seguir adelante. Conmoción, desesperación, dolor, miedo, noches de insomnio o entumecimiento emocional: estas son solo algunas de las condiciones de las que Iryna es testigo todos los días.

Iryna brinda asistencia a personas evacuadas en un centro de tránsito en Voloske, región de Dnipropetrovsk.
© ACNUR/Oleg Platonov
Un niño que conoció había pasado cuatro días en un sótano con sus padres, sin poder salir debido a los bombardeos.
“Sobrevivieron a base de pepinillos y agua”, recuerda Iryna. “Cuando el niño finalmente salió, tartamudeaba, estaba pálido y temblaba. No podía hablar mucho, pero dibujaba. Dibujó la escalera que utilizaron para bajar al sótano y lo que sintió ahí. Sigo trabajando con él y con sus padres. Nuestra tarea es animarlos a seguir adelante y darles herramientas para que sepan qué hacer ahora”.
A menudo, las niñas y los niños son los primeros en buscarla, agarrándole las manos o abrazándola cuando llega.
“Quieren el apoyo que sus padres no pueden darles en ese momento, porque ellos mismos están desequilibrados y asustados”, comenta. “Estabilizamos a los padres tanto como a los niños, enseñándoles técnicas de respiración o ejercicios sencillos para que toda la familia pueda seguir adelante junta”.
Las personas mayores se enfrentan a retos diferentes. Muchas están solas porque sus hijos se han desplazado dentro de Ucrania o se han ido al extranjero, y algunas se han aferrado a sus hogares cerca de la primera línea hasta que la evacuación se ha vuelto inevitable.
“La evacuación no es solo un cambio de lugar de residencia. Es un profundo punto de inflexión emocional. Nuestra función es ayudar a las personas no solo a superar la pérdida de su hogar, sino también a encontrarse a sí mismas en el momento actual y seguir adelante”.
La ONU estima que alrededor de 10 millones de personas en Ucrania necesitan apoyo en materia de salud mental, ya que la guerra a gran escala se acerca ahora a su cuarto año. Desde el inicio de la invasión, ACNUR, junto con seis ONG nacionales socias, ha prestado apoyo a más de 300.000 personas con asistencia psicosocial, incluso inmediatamente después de los ataques o tras las evacuaciones.

Iryna brinda asistencia a personas evacuadas en un centro de tránsito en Voloske, región de Dnipropetrovsk.
© ACNUR/Oleg Platonov
“Nuestros equipos psicosociales trabajan con miles de personas cada mes. Nos reunimos con personas en centros de tránsito, en autobuses de evacuación, en centros comunitarios y directamente en zonas de primera línea. La mitad de nuestras intervenciones son consultas individuales, mientras que la otra mitad son sesiones grupales o familiares, que incluyen apoyo entre pares y actividades artísticas para niñas, niños y adultos”, señala Mariia Vlasenko, Oficial Adjunta de Salud Mental y Apoyo Psicosocial de ACNUR en Ucrania, y añade: “El apoyo psicosocial nunca es aislado, sino que está vinculado a nuestra labor de protección más amplia, que incluye asistencia jurídica, asistencia social y derivación a servicios especializados. Las necesidades de las personas afectadas por el desplazamiento y la guerra son complejas y están interrelacionadas, y nuestro enfoque consiste en ayudar a las personas a recuperarse y empezar a reconstruir sus vidas”.
A pesar de la constante incertidumbre y el peligro, Iryna, de Proliska, continúa su trabajo con tranquila determinación. Cada pequeño indicio de recuperación es para ella un recordatorio del poder de la resiliencia humana.
“El valor más grande de mi trabajo no es solo ayudar ‘aquí y ahora’. Lo que me llena el corazón es cuando, después de una evacuación o un bombardeo, vuelvo a encontrarme con estas personas, ya sea en la calle o en una nueva ciudad. Me reconocen, se acercan a mí, me llaman y me cuentan cómo les va la vida. Y eso me llena más que nada”.

