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Zarif, de 6 años, frente a la tienda improvisada de su familia en el campamento de personas desplazadas de Nawabad Farabi-ha, a las afueras de Mazar-e Sharif, en el norte de Afganistán. Foto: © ACNUR/Edris Lutfi

Emergencia en Afganistán: “Ha habido noches en las que no hemos tenido nada que comer”

Maryam es uno de los tantos rostros entre las 270.000 personas afganas desplazadas desde principios de año por el reciente aumento de conflictos. Esta es la historia de una mujer viuda, madre de cuatro hijos, que lucha por sacar adelante a su familia en un campamento.

Por: Edris Lutfi en Mazar-e Sharif, Afganistán, para ACNUR.

Foto: © ACNUR/Edris Lutfi

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Dos semanas después de huir de su casa para escapar de los enfrentamientos entre el gobierno y las fuerzas de la oposición, Maryam*, de 24 años, se resguarda a la sombra de un alojamiento improvisado en el campamento de Nawabad Farabi-ha, a las afueras de la ciudad de Mazar-e Sharif, en el norte de Afganistán, buscando un descanso del calor de 45 grados centígrados que abrasa en el exterior. 


Llegó desde el distrito de Sholgara, a unos 55 kilómetros al sur, con sus cuatro hijos, sus padres y su hermano, después de que las fuerzas de la oposición asaltaran la zona y se enfrentaran en batallas con las fuerzas gubernamentales. Maryam comentó que oyó disparos alrededor de su casa mientras los dos bandos luchaban por el control de la zona.

No tuvimos tiempo de recoger nada. Huimos solo con una manta”, recordó sentada en una tienda de campaña hecha con tela atada a palos utilizados como puntos de anclaje. Aunque hay tiendas de plástico disponibles, el calor sofocante las hace inservibles, por lo que quienes residen en el campamento dependen de los materiales más básicos para protegerse del sol feroz y de las frecuentes tormentas de polvo.


Maryam y su familia forman parte de las 270.000 personas afganas que, según las estimaciones, se han visto desplazadas dentro del país desde principios de este año por el aumento de la violencia. A medida que el conflicto se intensifica en el norte de Afganistán y en otras partes del país, ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, ha advertido esta semana de una inminente crisis humanitaria, afirmando que, si no se alcanza un acuerdo de paz, habrá más desplazamientos.



En medio de un aumento generalizado de las víctimas civiles, la proporción de mujeres y niñez afectadas por la violencia ha aumentado considerablemente desde enero, lo que se suma a los estragos que ha sufrido la población afgana durante décadas, incluida Maryam y su familia, a raíz del conflicto en el país.


Maryam y su madre, Halimah, son viudas de guerra, y llevan la carga adicional de intentar cuidar al hermano herido de Maryam y a su abuelo, enfermo crónico. Los problemas de Maryam comenzaron hace una década: en ese entonces tenía 13 años y fue casada con un hombre al que no conocía. Al principio, a la adolescente le hicieron creer que su esposo también residía en la provincia norteña de Balkh, pero, después de casarse, la llevaron a la provincia sureña de Helmand para que viviera con su familia política. Ella había tenido una visión muy diferente de su vida, con la esperanza de recibir educación y empezar a trabajar algún día. Pero, en Helmand, otra provincia plagada de décadas de conflicto entre el gobierno y las fuerzas de la oposición, crió a cuatro hijos hasta que su esposo murió en el fuego cruzado durante una de las muchas batallas de la zona.


Tras la muerte de su esposo, Maryam se trasladó con sus dos hijos y sus dos hijas a Kabul, antes de reunirse finalmente con su familia en Sholgara, a principios de este año. “Al principio, las cosas estaban bien. Había una relativa calma”, compartió. Pero, tras los últimos episodios de violencia, ahora se encuentran viviendo en el campamento de Nawabad Farabi-ha junto con otras 100 familias.



Ha habido noches en las que no hemos tenido nada que comer, cuenta Maryam.

La ciudad de Mazar-e Sharif puede ser un bullicioso centro comercial, pero para las personas desplazadas internas del campamento hay pocas oportunidades económicas. Con los dos hombres de la familia heridos o enfermos, el hijo mayor de Maryam se ve obligado a vagar por la ciudad recogiendo basura reciclable para intentar ganar lo suficiente para alimentar a la familia. “Ha habido noches en las que no hemos tenido nada que comer”, explicó Maryam.

Sus hijos, que se han visto obligados a mudarse cuatro veces en pocos años, no pueden ir a la escuela y visten ropas desgastadas cubiertas de suciedad y polvo. “Mis hijos no han usado ropa nueva desde que salimos de Helmand”, compartió. “¿Qué clase de vida es esta? Mira lo que el sol ha hecho en la cara de mi hijo”, añadió señalando la piel enrojecida y llena de ampollas de su hijo menor, Zarif. El propio rostro de Maryam revela los daños que los repetidos desplazamientos y conflictos han causado a su salud. Sus mejillas hundidas apuntan a la desnutrición que se ha extendido por todo el país.



El Banco Mundial estima que al menos el 45 por ciento de la población del país sufre de desnutrición, en su mayoría provocada por la pobreza. Una sequía nacional, probablemente relacionada con el cambio climático y que afecta hasta al 80 por ciento del país, está añadiendo más presión a una población que depende en gran medida de la agricultura de secano y del pastoreo del ganado, lo que hace temer nuevos desplazamientos masivos.


ACNUR y sus socios están ayudando a las nuevas personas desplazadas de Afganistán con alojamiento de emergencia, alimentos, atención médica, agua y saneamiento, y asistencia en efectivo, pero la escasez de fondos significa que los recursos humanitarios se están quedando muy cortos.


En el campamento, las familias luchan por encontrar agua potable. Muchos dicen que sus hijos han enfermado por beber el agua salada de un pozo cercano, y la única manera de hacerla potable es hervirla durante al menos 20 minutos. Encontrar leña en la zona desértica donde se encuentra el campamento es difícil. Sin ingresos, los residentes no pueden permitirse ir a la ciudad a comprar leña, por lo que sus hijos se ven obligados a caminar bajo el calor para encontrar fuentes de agua más limpias, un viaje que incrementa su sed.


Para Maryam, el impacto que el desplazamiento está teniendo en el bienestar y el futuro de sus hijos es lo más difícil de soportar. Realmente solo quiero que mis hijos tengan una buena vida y puedan ir a la escuela y recibir una educación”.


*Los nombres han sido cambiados por ACNUR por motivos de protección.

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