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Después de 13 años, disminuye el apoyo para las personas sirias refugiadas, quienes poco a poco pierden la esperanza

Zuhur es una de los más de 5 millones de personas sirias que siguen viviendo como refugiadas 13 años después de la crisis, pero las turbulencias económicas del Líbano y la disminución de la asistencia humanitaria la han llevado a ella y a otras personas al límite.

14 Marzo 2024 

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Cuando Zuhur, de 44 años, huyó a Líbano con su familia al inicio de la crisis siria a principios de 2011, pensó que sería cuestión de días para volver a casa.


“Cargué a mi hijo menor, a quien acababa de tener, y crucé la frontera con mis otros cuatro hijos. Ni siquiera empacamos una bolsa de pertenencias; realmente creíamos que no nos quedaríamos en Líbano por mucho tiempo”, recuerda Zuhur.

Pero a medida que los días se convertían en meses y luego en años, el anhelo de Zuhur por volver a casa se veía cada vez más eclipsado por la lucha diaria por la supervivencia. Trece años después del comienzo de la crisis, es una de los más de 5 millones de personas sirias que siguen viviendo como refugiadas en los países vecinos de la región.

“Hemos perdido 13 años de nuestras vidas”, afirma Zuhur.

En Líbano, que acoge a la mayor proporción de personas refugiadas per cápita del mundo, una grave crisis económica que comenzó en 2019 ha causado una miseria generalizada, también para las más de 780.000 personas refugiadas sirias registradas. Los precios de los alimentos se han más que triplicado, mientras que el desempleo se ha más que duplicado, sumiendo en la pobreza a aproximadamente el 80 por ciento de la población libanesa.

Para las familias libanesas y de refugiados sirios que ya tenían dificultades antes de la crisis económica, los últimos cinco años han sido arruinadores. Entre los sirios, han aumentado el trabajo infantil, los matrimonios precoces y forzados, y la inseguridad alimentaria. Más de la mitad de las personas refugiadas viven en alojamientos precarios o inseguros, y más de un tercio de la población adulta afirma limitar su ingesta de alimentos para garantizar la alimentación de sus hijos.

Como muchas otras personas refugiadas sirias, Zuhur y su familia viven en un asentamiento informal de tiendas de campaña que ofrece poca protección frente a las condiciones meteorológicas extremas que sufre el norte del país. “En invierno, las lluvias inundan las tiendas y todo lo que tenemos se empapa. Quemamos lo que podemos en esta estufa para mantenernos calientes, como bolsas de plástico, zapatos y botellas”.

Zuhur – quien trabajó como enfermera en Siria después de terminar sus estudios – culpa al humo de hollín que desprenden los residuos quemados del asma de su hija. Sus conocimientos médicos le han sido muy útiles en los últimos 13 años, lo que le ha permitido atender a su familia, y a sus amistades y vecinos.

“Atiendo a quien necesita ayuda a mi alrededor, pero hay algunas heridas que no puedes curar”, explica.

El esposo de Zuhur tiene una discapacidad que le impide trabajar, por lo que la familia depende por completo de la asistencia económica que reciben de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y del poco dinero que ganan sus hijos con trabajos domésticos como recoger materiales reciclables. Incluso así, se enfrentan a una lucha constante para cubrir el creciente coste de la comida, el combustible y el alquiler.

 

“Hemos perdido 13 años de nuestras vidas”.

Zuhur, de 44 años, refugiada de Siria y exenfermera

Zuhur, antigua enfermera, tiende la ropa fuera del alojamiento que comparte con su esposo y sus hijos.
© ACNUR/Houssam Harir

Estas penurias se han convertido en una realidad para muchos de los más de 5 millones de personas refugiadas sirias en la región. Su difícil situación se ve agravada por el hecho de que, mientras que las necesidades humanitarias están alcanzando niveles sin precedentes debido a las crisis económicas y a los desplazamientos prolongados, la financiación internacional para el plan regional para satisfacer las necesidades de las personas refugiadas más vulnerables y de sus comunidades de acogida ha disminuido por debajo del 40 por ciento. Esto ha forzado a ACNUR y a otros socios a tomar decisiones desesperadas sobre la mejor manera de priorizar los limitados recursos.

Sin embargo, lo más duro para Zuhur en los últimos 13 años ha sido, sin duda, ver crecer a sus hijos sin la educación de la que ella misma disfrutó.

“Mi hijo recoge plástico de la carretera para vivir. Apenas sabe leer y escribir”, comenta. “Mis hijos sufrieron mucha discriminación en la escuela. No pudieron aprender nada. Me rompe el corazón porque tengo estudios. Las distancias también son un factor, no enviaré a mi hija a la escuela si eso significa que tiene que caminar una hora para llegar. Temo por su seguridad”.

Como consecuencia, Zuhur ha tenido que tomar decisiones difíciles para hacer lo que cree que es mejor para su familia. Uno de sus hijos, Khaled, estaba considerando ofertas de traficantes para intentar el peligroso viaje por mar a Europa en busca de un futuro mejor, así que su madre, desesperada por salvarle de tan arriesgado viaje, le organizó un matrimonio justo antes de cumplir 18 años para disuadirle.

“Me considero consciente de las cosas y entiendo que el matrimonio precoz no es favorable e incluso está mal, pero tuve que organizar el matrimonio de mi hijo para desviar su atención del barco”, explica.

“No quiero perderlo. Una tienda de campaña es a veces más segura que el sueño de un hogar”, concluye. “Lo que me importa es mantener unida a mi familia. Incluso si eso significa casarse; haré lo que sea necesario para mantenernos juntos”.

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