Mar 04

Formación de parteras en Afganistán ayuda a abordar las altas tasas de mortalidad maternal e infantil

En las remotas aldeas rurales, las dificultades para llegar a los servicios de salud y al personal médico capacitado ponen en peligro la vida de madres e hijos.

Rahela, madre de dos hijos, habla con calma desde su casa de adobe de una sola habitación en el hermoso pero remoto pueblo de Qala-e-Jaroo, en lo alto del valle de Qazan, en la provincia afgana de Bamiyán, y cuenta cómo perdió a su tercer hijo a causa de un aborto espontáneo unos meses atrás.


Con seis meses de embarazo, la joven, de 24 años, se despertó a mitad de la noche con contracciones y hemorragias. Sabía que necesitaba ayuda pero, como no había una partera en el pueblo, ella y su familia tuvieron que dirigirse al centro de salud más cercano, a unas dos horas de distancia. Primero tuvo que bajar por empinados senderos de la montaña desde el pueblo hasta llegar a la carretera. Cuando el auto que habían llamado no llegó, tuvieron que seguir caminando.

“Tenía mucho dolor y sangraba”, recuerda Rahela. “Mi bebé murió en mi vientre porque caminamos gran parte del camino”.

En la clínica, el personal le informó de que su bebé había fallecido y que debía ir al hospital provincial, a varias horas de camino a pie.

Historias como la suya, lamentablemente, no son poco comunes en las escarpadas y montañosas provincias de Bamiyán y Daikondi, especialmente durante los duros meses de invierno, cuando las fuertes nevadas y las avalanchas pueden aislar a las aldeas de las carreteras y los servicios durante meses. Afganistán tiene una de las tasas de mortalidad infantil y materna más altas del mundo. En 2020, la Organización Mundial de la Salud calculó que cada día morían 24 mujeres afganas durante el parto o el embarazo.

Las jóvenes parteras en formación que participan en un programa de diplomado de dos años apoyado por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, están demasiado familiarizadas con casos como estos.

En un aula de la ciudad de Bamiyán, donde estudian, Masoma, una estudiante de 22 años, describe cómo su madre, embarazada de siete meses, perdió a su bebé varios años antes mientras intentaba llegar a un hospital en invierno.

Resbaló en el hielo al intentar alcanzar una carretera, se rompió la muñeca y se cortó la pierna, y empezó a sangrar abundantemente por el dedo y el muslo. “Los hombres tuvieron que trasladar a mi madre en una carretilla, y tardó ocho o nueve horas en llegar al hospital”, explica.

“Mi madre perdió a mi hermano en el vientre. Perdió un dedo”, cuenta Masoma. “Estaba muy débil porque había perdido mucha sangre. Estuvo a punto de perder la vida y la hospitalizaron durante un mes”.

A partir de ese momento, Masoma, quien entonces aún iba a la escuela, se propuso evitar que a otras personas les ocurrieran situaciones similares. “Estudio con pasión y entusiasmo. Quiero convertirme en una persona al servicio de mi comunidad”.

Oportunidad de oro

Las 80 mujeres que participan en el programa de partería proceden de familias pobres y comunidades remotas. Todas están muy motivadas; entre otras cosas, porque esta capacitación es una de las pocas oportunidades que aún tienen las mujeres afganas de seguir estudiando, ya que se enmarca en el sector de la salud, que está exento de las prohibiciones introducidas por las autoridades afganas de facto en 2021, que excluyen a las mujeres de muchos ámbitos laborales y de asistir a la escuela o a la universidad después del sexto grado.

“Es una oportunidad de oro para que las niñas puedan seguir estudiando, desempeñar un papel activo en la sociedad y servir a la comunidad”, afirma Najiba Ahmadi, Oficial de campo de WSTA (Watan Social and Technical Service Association), socio de ACNUR que dirige el programa de partería.

Dijo que cuando se anunció el proyecto por primera vez, recibieron un gran número de solicitudes. “Incluso ahora, cada día, cientos de chicas vienen a la oficina preguntando si tenemos otro programa para poder participar”.

Pérdidas inaceptables

La buena noticia es que ACNUR tiene previsto llevar a cabo otro programa de dos años en las dos provincias el próximo año, y espera iniciar cursos similares en otras provincias también el año que viene.

Pero aún queda un largo camino por recorrer para reducir las inaceptablemente altas tasas de mortalidad materno-infantil de Afganistán. Un hermoso cuadro bordado a mano que cuelga en el hospital provincial de Bamyan, donde las parteras en formación están aprendiendo ahora técnicas prácticas, muestra a una mujer que es transportada en camillas de madera por dos hombres, después de que muriera en el parto mientras intentaba llegar al hospital más cercano, a 120 kilómetros de distancia.

De vuelta en la aldea de Qazan, Rahela, quien perdió a su tercer hijo, charla con Shakira, una de las parteras practicantes, originaria de la misma aldea. “Si podemos tener parteras como Shakira aquí, las cosas irán bien y seremos felices”, afirma.  Su esposo, Ahmad, agricultor, asintió con la cabeza. “Si hay más médicos y clínicas en la comunidad, los problemas de las mujeres se resolverán antes”.

Para Shakira, de 22 años, esta visita a domicilio refuerza su decisión de volver a la comunidad como partera totalmente capacitada.

“Cada vez que vengo a la aldea y veo a madres como Rahela, me siento motivada para trabajar más y estudiar más, para poder convertirme en una buena partera y evitar la muerte de las madres y sus hijos”, afirma.

 

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