Parece una escena común y corriente. Un soleada mañana de domingo, decenas de jóvenes charlan y bromean, compartiendo anécdotas y desayunos mientras esperan el pitido de inicio del primer partido del Torneo Juvenil Intercomunitario. Sin embargo, en la capital hondureña de Tegucigalpa, es algo extraordinario. En ciertas partes de Honduras, el control de las maras y pandillas sobre los territorios es tan fuerte que quienes se atrevan a desafiar las fronteras invisibles frecuentemente lo pagan con sus vidas. Estas fronteras pueden ser casas, calles o puntos de referencia que delimitan los espacios transitables entre las zonas dominadas por distintos grupos armados. Representan un verdadero desafío de movilidad para los residentes, a menudo impidiendo que acedan a servicios tan básicos como la salud, la educación, el trabajo y el deporte.

Brayan, un chico de 18 años que vive en la colonia capitalina de Los Claveles y ha participado en el torneo, lo arriesga todo para poder patear la pelota. Enclavada en un cerro agreste en el oriente de la capital, Los Claveles está bajo el control de la temida pandilla 18, mientras la colonia vecina, El Edén, está controlada por la mara MS-13. Justamente en medio de ambas, en el único espacio plano de la zona, se ubica una cancha: Un rectángulo de tierra en donde enormes piedras hacen las veces de porterías. La cancha define la frontera entre ambas pandillas y, por lo tanto, es una zona de permanente conflicto.

Nosotros jugamos a veces cuando tenemos muchas ganas, pero tenemos que andar ‘chiveados’ (atentos) porque la única cancha queda en los límites de la colonia”, dice Brayan, mientras fija su mirada triste al horizonte. “A esa cancha la llamamos ‘Irak’, porque si uno se descuida ¡le llueven las balas! Uno va corriendo con la pelota enfrente, pero viendo para atrás. Siempre llegan los del otro lado y no les gusta que juguemos ahí”, agrega el adolescente. Y explica: “Cuando éramos niños jugábamos con el equipo de El Edén, pero ahora, ni nosotros ni ellos podemos usar la cancha. Las dos pandillas piensan que por estar ahí es que hacemos algún trabajo para la mara contraria. Ya no podemos ni platicar. Nosotros solo queremos divertirnos un rato”.

En Honduras, los adolescentes y jóvenes son particularmente afectados por la violencia, la exclusión y la estigmatización, ya que suelen ser blancos de las pandillas y las maras, que les intentan reclutar, a veces a la fuerza. A menudo, el reclutamiento forzado lleva al desplazamiento, con jóvenes obligados a salir de sus casas y del seno de sus familias para no tener que afiliarse con las pandillas. Pero la juventud hondureña es valiente, y el peligro constante que forma el trasfondo de sus vidas no parece desalentarlos. Grupos de jóvenes en zonas de particular riesgo se han unido con el fin de generar el cambio que ellos más anhelan en sus comunidades. Bajo su propia iniciativa, han desarrollado estrategias de protección basadas en el arte, la cultura y el deporte que les permitan fortalecer sus centros comunitarios y empoderarse.

Gracias en parte al apoyo de ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y “Save the Children”, la presencia de estas iniciativas de prevención del desplazamiento forzado se extiende a cuatro centros comunitarios juveniles en Tegucigalpa y ocho más en San Pedro Sula. El Torneo Juvenil Intercomunitario, que en 2019 celebró su segunda edición, surgió de estas iniciativas, con el propósito de aprovechar el atractivo casi universal del fútbol para forjar lazos entre jóvenes de colonias rivales. “Una jornada deportiva entre colonias no tendría mayor relevancia en otras partes del mundo. Acá la tienen, porque al jugar se recupera el espacio común”, sostiene Andrés Celis, jefe de la Oficina del ACNUR en Honduras. Y añade: “Al hacerlo, se recupera la normalidad, se construye comunidad. Al hacerlo se recupera la vida.

Vanessa Paguada, promotora comunitaria de Save the Children, cuenta que “cuando entran a la cancha vemos nuevamente a la chica o chico apasionado, alegre, enérgico, aquel que se siente orgulloso de pertenecer a su comunidad”. Y explica que no se ve al miembro del equipo contrario como un rival, sino como un amigo con quien jugar lo que más les gusta. “Es en ese momento cuando podemos ver cómo construyen colectividad”.

Más de 150 jóvenes, sus familias y líderes comunitarios participaron en la segunda edición del torneo, que se celebró un domingo en un pequeño club de Tegucigalpa, lejos del peligro de las colonias. Fue una jornada alegre en donde el espíritu de equipo fue el gran protagonista.

¡Hoy salimos campeones!”, sonríe Brayan mientras prepara el tambor para animar a las chicas de su colonia. Y concluye: “Hoy todos queremos ganar el torneo, pero la verdad es que desde antes de venir ¡Ya todos habíamos ganado!”.

* Por Pamela Villars en Tegucigalpa, Honduras.

 

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